Perú, Ecuador, ecuatorianos, peruanos

Mensaje enviado a la Lista Perú, enero de 1993

Como muchos, he estado siguiendo con interés las discusiones, comentarios, e invocaciones, así como los siempre presentes exabruptos sobre las diferencias y las similitudes entre los países y entre sus gentes (que, como varios lo han ya anotado, son entidades muy distintas). Hemos leído puntos de vista de todos los lados, y de, creo, casi todas las tendencias. Es imposible resumir todo, y el consenso es probablemente inalcanzable. En unos casos las pasiones, en otros el racionalismo a ultranza, y en los más -como yo- una incapacidad sumamente incómoda de poder proponer una solución satisfactoria. Si el que esto lee espera el planteamiento de una solución, por favor no siga leyendo. Esto es sólo una reflexión desordenada sobre lo que es el ser humano en general y el andino en particular, y sobre otras cosas más que creo relevantes a la discusión.

Lo primero, y qué duda cabe, es que ecuatorianos y peruanos concientes de su nacionalidad (para subrayar que para muchos otros en ambos países, los estados-nación son una abstracción que empieza y termina en una bandera y en una cédula de identidad) perciben un problema incómodo entre las dos naciones. En algunos casos, ese problema se traslada, agudizándose, a un prejuicio (es decir, un juicio que no se basa en el conocimiento, sino en un estereotipo) contra las personas: "los ecuatorianos son así, los peruanos son asá". Pero eso es algo que existe en toda sociedad, y que toma la forma común, y detestable, de racismo o chauvinismo.

Yo no sé quién tenga la razón y, con toda sinceridad, creo que es algo que nunca se podrá zanjar, a no ser que sigamos los hermosos ejemplos, que siguen viniendo de Europa occidental y cristiana, de los Balcanes (léase Bosnia-Herzegovina), y nos saquemos la madre bien sacada en nombre de una soberanía dudosa sobre una región que ninguno de los dos países está en capacidad de ejercer efectivamente y que, probablemente, convenga dejar en paz. La población de los estados-nación del Perú y del Ecuador no es amazónica: nunca lo fue, porque somos o serranos o costeños que no soportamos muy bien ese clima, además de tener una formidable barrera cordillerana que, para bien o para mal, nos impide extraer con facilidad las supuestas ingentes riquezas de la Amazonía. Entonces, ¿por qué nos interesa tanto el asunto? Es más, ¿nos interesa en realidad, o es simplemente un asunto de patriotismo y soberanía?

Viene al caso acá reflexionar sobre por cuánto tiempo es necesario tener en cuenta las guerras que perdieron (olvidamos con más facilidad las que ganaron) nuestros antepasados. Si de recordar se trata, la cosa no estaría tan mal: por lo menos podríamos documentar la miseria y desolación que toda guerra trae consigo, en la que los verdaderos perdedores por lo general no son los que encabezaron los regimientos. El problema no es, entonces, recordar, sino hipotecar el presente y el futuro en nombre de algo que pasó hace tiempo. La historia, desafortunadamente, no tiene estatutos de limitaciones, y casi todos los países tienen siempre la oportunidad de empezar una guerra para calmar los ánimos de los hambrientos o de los opositores.

Como se habrán dado cuenta los más acuciosos, no sé a dónde voy con esta digresión. Sí sé que me jode el hecho de que no pueda moverme libremente entre Tucumán y Pasto, pero me alegra que en cada uno de esos lugares encuentre gente dispuesta a conocerme a mí, como individuo, por encima de mi nacionalidad, y que compartamos música, baile, alegrías y miserias. Y cuando esto ha sucedido, me ha jodido (o me dieron las iras, parafraseando a un iracundo listero) cada vez que este intercambio, esta hermandad, es rota por tirios y troyanos para quienes más importantes son unas fronteras que nadie sabe dónde están.

Como buen cachorro de racionalista, me preguntaba siempre por qué era necesario para algunos irritar heridas en vez de cicatrizarlas. Y las únicas respuestas plausibles, me parece, son intereses económicos (frecuente pero no exclusivamente de afuera, para vendernos las herramientas de la muerte), o un patriotismo casi religioso. Leamos los discursos de nuestros uniformados más insignes, y siempre encontraremos referencias religiosas a los héroes militares. Frases como "el espíritu del Mariscal Fulano está siempre presente", o "los manes de nuestros próceres guían con precisión la mano firme de nuestros soldados", son muy comunes (además de sumamente cursis). No importa en que país se encuentre uno, siempre habrá quien lo tilde a uno de traidor o de vendido. La religión y el patriotismo son espadas de dos filos, y han ocasionado, ocasionan, y probablemente ocasionarán siempre, actos sublimes y repugnantes, entrega total de algunos y cazas de brujas por otros, compasión de muchos y matanzas de otros tantos.

Y quienes crean que estos líos van a terminar con la famosa aldea global, o con la integración económica del mercado moderno, se pueden chocar con una realidad que, como decía Cantinflas (algunos ya podrán reconocer quienes han influenciado mi estilo), no es "ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario". Dictaduras (dictadurísimas, como la del Pinocho ese del sur), que son la negación de la libertad individual, coinciden con explosivo desarrollo capitalista, pero éste no garantiza que se limen las diferencias (e.g. los Balcanes, Europa Oriental, Asia Central, Sudáfrica). No hay sistema económico, no lo ha habido jamás, que garantice que la gente se deje de matar. Por ahí, algunos primatólogos quieren convencernos de que el asunto está en nuestros genes: ojalá que estén equivocados, si bien la evidencia parece sugerir que están en lo cierto.

¿Solución? No creo que la haiga, como decimos desde Jujuy hasta Ambato. Pero eso no significa que haya que quedarse callado. No. Si queremos que nuestros hijos aprendan a vivir mejor entre ellos, gritemos nuestra opinión, y de vez en cuando nuestra voz será más fuerte que la de los otros, y habrá paz, y los escasos dineros se usarán para hacer cosas buenas. Si ellos gritan más fuerte, entonces no queda más que acomodarse para que no duela tanto. Dialéctica, que le dicen.

Para beneficio de quienes tienen problemas para usar sus estereotipos, debo decir que me crié en el centro del Perú, quiero mucho a los Andes, mis ciudades grandes favoritas son La Paz y Quito, y todos los días que puedo me pongo mi casaca (o chompa, en el Ecuador), hecha y comprada en el pueblo de Guano, aquicito nomás de Ríobamba, otra hermosa y amable ciudad andina. Mi padre, que estuvo en lo del 41, cantaba pasillos con un sentimiento digno de mejor causa. Y yo no dejo de entretenerme con albazos, sanjuanitos, o descubriendo que la música chicha tiene a su pariente más cercano en la bomba de Esmeraldas. Bolívar, ¿estás ahí?

Paqarincamaq (no, no hablo casi nada de runa simi, esto es puro diletantismo).

Domingo.