La puna estaba llena de verde
o amarillo seco,
abierta a quien quisiera posarse en ella
bosque de rocas
y azul y gritos de cernícalo
y espantos de perdices aprendiendo lo que es doble tracción.
Hay que pasar horas de paciencia
silencio
y ocultarse
bosque de piedras
lajas
resbaladizas hasta para el caballo de la pampa
para ver al venado, la taruca o la vicuña.
La puna está llena de sabe dios qué
en estos años diferentes. Sé que no hay más
doble tracción
y las perdices aprendieron algo por las puras.
Ni siquiera hay soldados porque no hay gente.
Triste es que no hay nadie que me cuente
de la puna. No más Chinchaycocha, o Palcán,
ni Macusani, o Choclococha, y menos, casi nada queda
de Pichicancha, Ayas, y las vicuñas, asustadas,
cerca a las ruinas de los gentiles.
No más vóley a cinco mil metros de altura.
No más abrazarse con el frío, ni chofer empapado en lluvia
congelada,
ni sopa de carnero ni caldo de cabeza.
No más trébol y ray grass.
No más besos, trepados en el cerro,
imaginando ruinas y anfiteatros
y descubriendo cómo seca el sol andino.
No. Ya no queda ni el frío de las tardes.
Se lo llevó esa musa, Egeria.
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