PISO DE SOLTERO |
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Domingo Martínez Castilla |
Se puso el spray en la boca y dijo "qué
rico" como dos o tres veces. Después preguntó "¿qué
escribes?" -sin respuesta-, prendió un cigarrillo y se acercó
a ver la pantalla, de cerca, con su miopía de 5-5. Rostro agudo.
Curiosidad que sólo conoce los límites de la prudencia moderna,
es decir, enormes. Los no-límites, debiera decir.
Ahora se espera. Mary ve la película entre sueños, y nosotros
soñamos entre películas o algo así. Y ahora esperar.
Esperar que algo suceda, que la noche termine, que se digan los odiados
"chau" y "ya nos vemos", que con su formulismo occidental
rompen la quietud del no hacer nada.
Pero es posible volver a la música de Kitaro, algo ceremonial,
como de clímax o de desfile militar o de regreso de equipo de fútbol.
Pero buena música. Tararán tarán y así por
el estilo. Y Mary ya se durmió, y nos miramos, y la solución
es muy simple: hora de irse o de hacer el amor, Vargas Llosa o Fujimori,
Brasil o Checoslovaquia, el día y la noche, su finura de cuerpo
y mis anillos de Saturno.
Olas. No hay mar, ni playa siquiera (debe hacer un frío de diablos
a estas horas). Y ahora el Mannheim Steamroller, más música
de ésa, rara. Somos tres solos. Y varios más, si contamos
a Bo Derek mostrando sus cositas en la pantalla, soñando con rejoneadores
y jeques valentinos, valga la licencia. Ahora la voy a besar, pero a lo
bestia, que traducido quiere decir el beso final, porque lo demás
ya no es beso en el sentido estricto de la palabra. Es tocarle la frente,
estirarle el cabello, y levantar sus cuarentaiséis kilos en vilo,
suavemente, fingiendo que es una pluma pero pesando en mis lumbares. Y
yo muy compuesto, mientras la levanto en vilo, descubro que en la cama
dejé el radio descompuesto y desarmado, con miles de alambritos
y transistores y hasta kilovatios regados por toda la colcha. ¿Qué
hacer? Cuarentaiséis kilos pueden pesar más de lo que uno
se imagina, y yo cargándola y la maldita cama llena de un radio
en mil pedazos. Suelazo. No queda otra: así que Mary, lo siento,
pero necesito el poncho y no necesariamente para abrigarme. Mary se resiste:
ha visto al jeque y al torero, y quiere luchar por su poncho, que tanto
trabajo le costó. Y yo, tambaleándome con los cuarentaiséis
kilos a cuestas, más orgullo que libido a estas alturas del partido.
La mujer del peso ligero colabora: "ya pues, Mary, buena gente, el
ponchito por favor", y Mary, más joven e inexperta, se siente
como mal, entrega el poncho, tirita, pero no se atreve a sugerir el pas-de-trois.
Y nadie se lo demanda. Sólo la imaginación. Je, je.
Capítulo dos, creo. Mary, desponchada y estoica, vuelve a su
película. Bo Derek intenta acariciar a un torero desnudo (besos
en la oreja y demás vainas). Nosotros, flaca y poncho en ristre,
acudimos tambaleándonos a algún lugar de por lo menos dos
metros por uno. Suelazo. No hay tal sitio. Idea genial: ¡el baño!
Pero la flaca se echa y dice qué frío y se acaba el encanto,
y creo que también terminan por ahí unas cuatro vértebras
lumbares de un servidor. Bueno pues: poncho sobre cadáver de radio,
y a la cama, pero estamos tan cansados que tomamos un respiro, lo suficientemente
largo como para que Bo Derek pierda su virginidad, la película termine,
y Mary, la veinteañera soñolienta, se levante y diga: Ya
son las cinco, vamonós, como dicen los del Plata.
Final sin clímax: vértebras rotas, pedazos de radio pegados
a poncho de lana. La única satisfecha es la tal Mary que -liberada-
se sopló su película con gente en la cama, mucha poca ropa
y demás cosas. Viva usted señor, yo tengo que irme.
Lima, 9 de junio, 1990
Copyright © Domingo
Martínez-Castilla, 1990. Arte © Mónica Hintze, 1996.