Si se llama Esculapio a quién le importa
si refuerza ventanales
o sirve almuerzos fríos
o vende acciones
o enseña artes marciales.
No importa el nombre: como siempre, sólo la evidencia
de llamarse Homo sapiens y no estar
enterrado en la garganta de Olduvai. Ni tampoco
siquiera
interesa su futuro. Es evidente
que no trascenderá más allá de tres generaciones.
¡Quién fuera planeta, o falla geológica, o
siquiera
especie!
Pero no. La conciencia nace aprisionada en la parte
y no en el todo,
en el rostro y no en la historia,
y muere.
4 Junio, 1992
Dos
Sunset Hotel
La orilla oriental del lago Victoria
es el extremo occidental de un país llamado Kenia.
La orilla oriental del lago Victoria
está llena de perca del Nilo, buen pescado
que da un olor hermoso al camino de Uganda. Mucho mejor
olor que la planta de melazas donde anidan las avispas.
La orilla oriental del lago Victoria
ve llegar un barco cada tarde
y se despide de él cada mañana,
sin fallar ni siquiera los domingos.
Todo está lleno de gente. No. No hay bullicio
sino encuentros y saludos
conversaciones de esquina, de sendero o caminito
entre palmas y otros árboles frutales
maíces y plátanos, muchos maíces
miles de chozas y Otienos
y las vacas cebú más pequeñas del mundo
y no hay descanso de la gente.
Es gracioso escuchar palabras familiares
en medio del Bantú y del Nilótico.
Y ver los matatus rebalsando de gente
como en la selva alta del Perú.
Y ver asiáticos
despóticos
manejar todo el negocio de Kisumu
y tratar mal a los luos, luyas, negros que cargan los miles
de cajones de Coca Cola y demás mercaderías.
Tres
Luna de Mombasa (ex-ante)
Hoy la luna está cerca,
más cerca que nunca. Nunca
estará más cerca la luna
en los setenta, ochenta o menos años
que me toca vivir. Nunca.
Como éste, veinte, treinta mil otros días únicos
serán parte de mi vida,
pero no cien millones de años
también únicos, inigualables.
Y, si yo quiero, ese tiempo es ajeno
y no existe ni palpita y ni siquiera es historia.
Y puedo negar más números, como
50 millones de muertes
hace 500 años,
o, más modestamente, treinta mil
en doce de los únicos,
incomparables
años que me toca vivir,
pero no niego la muerte de mi padre
o de mi amigo o del vecino que conozco
o la de una niña estrangulada
o la de cierta gente que yo escojo
porque me pone triste, decaído,
desesperanzado.
No sabemos los nombres
ni dibujamos los rostros
ni hablamos el idioma
de los muertos inexistentes.
Y decimos "se fueron"
pero no "se acabaron".