Pachacámac y el Señor de los Milagros. Una trayectoria milenaria.María Rostworowski de Diez Canseco |
Instituto de Estudios Peruanos (IEP)Lima, Noviembre, 1992. |
Reseña escrita en 1993, y distribuida en algunas listas
de correo electrónico.
Domingo Martínez Castilla
Antes de entrar al libro propiamente dicho, un par de comentarios sobre la trayectoria de María Rostworowski como historiadora y etnohistoriadora (comentarios que vienen de un lego, valga la excusa): la prolífica María (como todo el mundo la llama, no por exceso de confianza sino porque es más fácil de decir que Rostworowski) viene escribiendo documentados trabajos sobre los Andes prehispánicos desde fines de la década de los 50. Muchos de sus trabajos no han trascendido más allá de los círculos académicos, pero últimamente su Historia del Tahuantinsuyu (IEP, 1988) dio una campanada muy sonora, pues lleva a cabo un análisis histórico, étnico, con lujo de detalles sobre la expansión del Tawantinsuyu, su composición social, y los recursos y modelos económicos. Otro trabajo que a mí me impresionó mucho, tanto por la edición como por el contenido, fue el de Recursos naturales renovables y pesca. Siglos XVI y XVII (IEP, 1981), que da una visión fascinante de la organización de la producción en la costa del Perú en un periodo difícil y relativamente desconocido de la historia de la producción.
A María se la considera como una autoridad en etnohistoria andina, y su bibliografía muestra un enciclopedismo notable, que además de las herramientas de la profesión (lingüística, crónicas, antropología), incluye con frecuencia elementos como el paisaje, la ideología, los recursos, y la economía No quiere decir esto que uno ponga la mano en el fuego por todos sus puntos de vista, pero no son muchos los investigadores peruanos que ponen en su trabajo la rigurosidad y entrega de María.
Y ahora al libro más reciente.
(Para quienes no saben nada del culto al Señor de los Milagros, hay una nota al final de esta reseña.)
La primera particularidad de esta entrega, es la ligazón entre mitos e historia prehispánica del culto de Pachacámac, uno de los más importantes y auténticamente panandinos, y un fenómeno muy sui-géneris en el mundo católico, que es el culto al Señor de los Milagros. La primera parte del libro está dedicada a los mitos que originan el culto a Pachacámac, que es un culto preincaico, comparándolo con otros mitos de la sierra y de la selva (éstos son muy interesantes, porque son poco conocidos). La cosmogonía andina es resumida, y constituye una buena introducción para quienes no somos expertos en el tema, y hemos tirado la toalla sin completar la lectura de, por ejemplo, los _Dioses y hombres de Huarochirí_ del padre 'Avila.
El libro incluye muchos detalles del Pachacámac físico, que uno no percibe cuando visita las ruinas (muy cerca de Lima, para quienes no han estado por ahí).
A continuación, el libro presenta la historia de Pachacámac y sus alrededores durante la Colonia (aspecto que, como se vio más arriba, no es novedad para María, pero sí para muchos de sus lectores), y las relaciones entre españoles, indios, y negros. Un hecho interesante a este respecto es cómo los españoles aparentemente incentivaron la hostilidad entre nativos y negros, aparentemente como una práctica de "divide y vencerás" que siempre funciona. Como ejemplo, María menciona la prohibición establecida "contra las uniones de negros e indias". También es notable la evidencia presentada de que era común que curacas nativos (no me gusta usar el término indio, que perpetúa el error de Colón) poseyeran esclavos africanos, particularmente en los inicios de la Colonia. Y aún más, María cita un estudio que muestra que una comunidad andina compró esclavos para que construyeran un puente sobre el profundo río Apurímac, evitando de este modo la mita o trabajo personal.
Resulta que durante la colonia, nativos de Pachacámac fueron llevados a trabajar en huertas de Lima, trayendo sin duda muy vivo el recuerdo de su huaca (dios) principal, uno de cuyos principales poderes era proteger contra los terremotos. Poco a poco, la tradición se fue "cristianizando", y ya en 1771 se habla del Señor de los Milagros, "Patrón Jurado por esa Ciudad contra los Temblores". En resumen, al diluirse la población nativa en la costa, aparecieron las primeras cofradías de negros (entre ellas una del lugar de la ciudad de Lima donde habían vivido los nativos de Pachacámac, llamado precisamente Pachacamilla). En el terremoto de 1655, el casi abandonado mural del Cristo de Pachacamilla vio resurgir su popularidad, al no haberse caído, como prácticamente todo lo demás a su rededor.
Podría continuarse presentando detalles del libro que son muy interesantes, pero creo que con lo dicho es suficiente, como una demostración más de la continuidad de las creencias prehispánicas en el medio del cristianismo (esto es bastante aceptado para la región andina propiamente dicha, pero sin duda constituye una novedad el plantearlo para un fenómeno tan "limeño" como es el culto al Señor de los Milagros.
En todos los países católicos existen cultos a imágenes locales que son representaciones de Cristo, María (no María Rostworowski, sino la original) y algunos santos de la iglesia. Entre los más conocidos están la Virgen de Guadalupe, en México, la virgen de Fátima en Portugal (es interesante el nombre árabe), la virgen de Lourdes en Francia, etc., etc. El Señor de los Milagros, originalmente limeño pero ahora venerado en casi todo el Perú, origina lo que probablemente es la más grande manifestación pública religiosa del mundo católico en las procesiones del mes de octubre (que se efectúan en los cabalísticos días 7, 17 y 27), en la que cientos de miles de creyentes acompañan a la imagen, que está adornada de plata y oro. Es casi obligatorio que presidentes de la república, alcaldes, y generales le rindan homenaje oficial (no, amigos gringos, no es broma), y lo condecoren una y mil veces con todos los honores del estado, la ciudad, y las fuerzas armadas. La comunidad afrolimeña se vuelca íntegramente al culto, pero en él confluyen gentes de todas las razas y procedencias étnicas, constituyendo en ese sentido uno de los pocos casos en los que esa separación se diluye. Todavía es frecuente ver durante octubre a muchas mujeres que se visten íntegramente de color morado (el color del culto), y a otras que lo hacen por un año, como testimonio de algún milagro recibido.
La procesión es en octubre porque la mayor parte de los terremotos en Lima han ocurrido en ese mes y en mayo. Para más información, vayan a Lima en octubre (hay comidas especiales, como los turrones de Doña Pepa, que no son turrones como los españoles, sino más bien una forma de pastel con miel, únicos), y se puede seguir con la Feria Taurina del Señor de los Milagros, que es en noviembre (lean Un mundo para Julius de Bryce, para reírse de algunos aristócratas limeños disfrazándose de españoles (por afuera y por adentro) para sentarse en la barrera de la Plaza (de toros) de Acho.
Y mejor termino aquí.