[Ciberayllu]

Historia de un nombre

Cuento

 

Jorge Pereyra

 

Creo que mi padre estaba borracho cuando me lo dijo. Yo tendría unos diez años y estaba a su lado, en la sala de nuestra casa, dibujando paisajes imaginarios en un viejo cuaderno. El narraba a sus amigos aquellas fabulosas historias que sólo él sabía contar. Ellos lo miraban arrobados y casi sin pestañear. Dominaba a la perfección el manejo de las necesarias pausas de un relato, a fin de cuidar la continuidad del suspenso. Recuerdo que yo seguía de vez en cuando el hilo de su narración, pues a veces decía cosas que no entendía.

Terminó la anécdota que estaba contando, y sus amigos celebraron el insólito final a carcajadas. Luego todos ellos se dijeron mutuamente «Salud» y se bebieron de un solo golpe sus vasos de cerveza. Después de una pausa volteó hacia mí, me miró como si pudiera ver los más oscuros resquicios de mi alma, y de pronto sin aviso me soltó la pregunta a boca de jarro.

—¿Y tú sabes por qué te llamas Jaime?

Me quedé como si se me hubiera adormecido la lengua, y sólo atiné a responder:

—No, papá. Quizás escogiste ese nombre porque te gustó.

Mi padre se quedó mirándome con esa sonrisa pícara, tan suya. Su rostro había alcanzado esa expresión de beatitud, o de Nirvana alcohólico. De sus ojos salían chispas. Se sirvió otro vaso más de cerveza, carraspeó, se lo bebió de un trago, y después de unos segundos de suspenso que parecieron siglos, volvió a hablar.

—Tu nombre, hijo, tiene una historia y una razón de ser. No es un nombre cualquiera que se me ocurrió. Así que mejor deja de dibujar tus garabatos y escucha en silencio lo que te voy a contar.

Sus amigos también dejaron de hablar, y hasta mi gato Calígula abrió un ojo.

Dijo que en la época en que los apristas atacaron varios cuarteles militares, el dirigía en Lima un periódico clandestino, a través del cual se propagaba el programa aprista y se denunciaban los crímenes de la dictadura. El diario La Voz del Pueblo salía cada vez que encontraba un impresor valiente que no le importara jugarse la vida o cuando la policía política no requisaba todos los ejemplares.

Una noche tocaron a la puerta, de la pensión donde vivía, dos individuos con abrigos gruesos abotonados hasta el cuello. En ese momento se dio cuenta que por fin habían dado con él y que no había escapatoria posible. Le preguntaron cortésmente si se llamaba Manolo Perales. El dijo que sí y que quién lo buscaba. «El señor Ministro desea hacerle unas preguntitas, señor. Y quisiéramos que nos acompañe», dijo uno de los policías. «No tengo el honor de conocerlo», replicó mi padre. «Usted no, pero él sí lo conoce a usted y muy bien. Así que mejor nos acompaña», acotó el mismo policía sin dejar de sonreír. Mi padre no dijo nada y se quedó callado mirando al otro policía, al que tenía cara de bulldog, y rápidamente llegó a la conclusión que su trabajo periodístico clandestino había acabado y que también todo se había ido a la mismísima mierda. Luego tomó su abrigo para protegerse del húmedo invierno limeño, puso veinte soles en su bolsillo y se sentó en el asiento posterior de un vehículo sin placas que esperaba en la calle con el motor prendido. Flanqueado por los dos detectives, vio por la ventanilla las angostas calles del Rímac mojadas por la garúa invernal y unos perros flacos que se disputaban a dentelladas los restos de un depósito de basura.

Nunca vio al Ministro del Interior. Se lo llevaron directo al embarcadero de La Punta y de allí a la isla penal de El Frontón en un viejo bote que se movía como una cáscara de nuez. El viaje duró un par de horas, y al desembarcar pudo oír una fuerte descarga de fusilería.

—Están fusilando gente— le susurró a media voz un recluso que estaba en el muelle amarrando el bote.

Sintió un nudo en el estómago y se dijo para sí mismo «hasta aquí llegué, carajo». El dolor de un culatazo en su hombro derecho lo sacó de sus cavilaciones y la voz ronca de uno de los celadores lo obligó a moverse rápidamente, a recoger su abrigo y a saltar del bote.

Los guardias los formaron en una sola fila y luego un sargento con cara de pocos amigos pasó lista llamándolos por sus nombres. Era un grupo de veinticinco reclusos. De ellos, diecinueve eran presos políticos y sólo seis podían considerarse presos comunes. El sargento dijo que allí aprenderían a ser hombres, que los apristas y los comunistas deberían ser exterminados de la faz de la tierra, como un cáncer, para que no anduvieran asaltando cuarteles, y que por cada militar muerto ellos iban a fusilar a diez revoltosos. Habían sido asignados al Pabellón Tres y mientras se encaminaban hacia él, pudieron escuchar a sus espaldas el ruido del oleaje rompiéndose con furia sobre los acantilados.

Caminaron por espacio de quince minutos y al llegar a su destino, el sargento les dijo, antes de romper filas, que si tenían suerte podían agarrar una litera que no estuviera ocupada. El Pabellón Tres era un lóbrego edificio de dos plantas de concreto, y por los vidrios rotos de las ventanas se colaba un viento frío y salobre que venía del mar. A ambos lados de la única habitación, se alineaban los camastros de madera con sus viejos colchones de paja, los cuales olían a una mezcla de orines y sudor. Al final podía verse el baño, donde había una sola llave de agua y tres agujeros para que defecaran los reclusos del primer y segundo piso. En ese lugar se hacinaban doscientos cincuenta y tres reos, la gran mayoría de ellos presos políticos.

El Chino Chang se le acercó despacio por atrás, sin que lo notara, y le preguntó si acababa de llegar al Frontón. Sin decir nada, con la cabeza, le respondió que sí. «Entonces mejor te apuras en conseguirte una piedra grande, para que te sirva de almohada, porque aquí en el Frontón no existen esos lujos», dijo el Chino, riéndose a carcajadas.

Ambos se dieron la mano y se presentaron sólo con sus nombres de pila. El Chino le preguntó a mi padre si era comunista. Este le respondió que no, que era aprista. «Bueno, eso no importa, nadie es perfecto. Ambos somos primos ideológicos, pues yo soy comunista», le dijo. «Y la única diferencia entre nosotros es que mientras ustedes son aficionados, nosotros somos profesionales».

El Chino era de baja estatura, con unos ojitos traviesos que apenas se notaban debajo de sus lentes gruesos, y caminaba con la elegancia de un aristócrata. Se devoraba todos los libros que caían en sus manos. Y podía decirse que su erudición sobre cualquier tema dejaba pasmado a cualquiera. Era abogado y había dejado de ejercer la profesión al poco tiempo de salir de la universidad. Fue en la sierra central del Perú, defendiendo en su primer juicio a unos mineros impagos, donde se dio cuenta que la Justicia se inclinaba por lo general hacia el que tenía más dinero. De allí que su ingreso a la lucha clandestina fue sólo cuestión de días. Lo capturaron, herido y desangrado, después que le explotara un cartucho de dinamita a poca distancia, al intentar volar la caja fuerte de una compañía minera.

Ambos se hicieron grandes amigos y por todas partes se los veía conversando o discutiendo con fervor sobre diversos tópicos filosóficos. Además de dialéctica marxista, mi padre aprendió de él la saludable costumbre oriental de rascarse todas la mañanas, con un cuchillo, esa mucosidad blanca que durante la noche se deposita sobre la lengua. El Chino decía que ése era el secreto de la longevidad. También aprendió a fabricar bombas de mano y a tejer canastas de estera en los seminarios que diariamente se impartían en el Pabellón Tres , también llamado el Pabellón de los Condenados.

Una noche vinieron y se lo llevaron a rastras hasta la playa donde fusilaban a los presos políticos. Y después de un simulacro de fusilamiento, lo regresaron a su litera. Volvió pálido, sudoroso y temblando. El Chino le dijo que no se preocupara, que eso les hacían a todos una vez por semana, esos malditos conchadesusmadres, nomás para quebrarles la moral, y que el día que verdaderamente lo fusilaran no iba a sentir nada, pues lo que realmente jode es la incertidumbre de no saber cuando uno va a morir. Así que, Manolo, cálmate y créeme que en tu último y supremo momento vas confrontar al pelotón de fusilamiento con la cabeza en alto.

Como ese simulacro hubo otros. Pero ya no surtían el efecto del primero. Aunque cada día se daba cuenta que muchos rostros familiares iban desapareciendo gradualmente. Los ejecutaban en la noche pero nadie sabía dónde enterraban los cuerpos.

Escapar del Frontón era una tratativa absurda. Las heladas aguas y el fuerte oleaje del mar se habían encargado en el pasado de ahogar a los desesperados que intentaron huir a nado de la isla. Todos sabían que nadie podía escapar con vida y contar su aventura después. Por eso los dejaban que vagaran sueltos por la playa.

Habían pasado ya cinco meses desde que lo trajeron, aunque a Manolo le parecía que habían transcurrido cinco años. Debido a las pésimas condiciones higiénicas en que vivían, en ese lapso perdió algo de pelo. La comida era mala y escasa, por lo que también perdió unos quince kilos de peso. Tenía asimismo una alergia a la piel que lo obligaba a rascarse constantemente como si fuera un perro sarnoso. Pero nunca perdió la moral ni tampoco la fortaleza de sus convicciones políticas.

Esa mañana de invierno, mientras recogía caracoles en la playa, se dio cuenta de pronto que la luz era de una tonalidad diferente y el viento tenía un sabor especial. Además, las gaviotas se balanceaban suspendidas en el aire sin emitir ningún graznido. Entonces entendió que le había llegado por fin su hora.

Por eso no se sorprendió cuando un pelotón de soldados, al mando de un capitán, lo rodeó sin dar explicaciones. Uno de ellos le amarró las manos y lo ató a un poste, mientras otro trataba de ponerle un pañuelo negro en los ojos. Rechazó con un rápido movimiento de cabeza la venda y sólo pidió al oficial que le diera unos minutos para rezar. Alzó los ojos humedecidos al cielo y dijo casi como en un susurro: Gracias Dios por haberme permitido llegar hasta este momento y gracias también por enseñarme a amar a los más necesitados. Y te pido en este instante final que derrames tu gracia divina sobre mí para seguir sintiendo la paz de los que creen en tí y en un futuro mejor. Nos creaste al principio un mundo perfecto, y nosotros lo arruinamos. Pero estoy seguro que los que vienen detrás de mí lograrán con su lucha recuperar otra vez ese paraíso. Y sólo quiero que sepas que si volviera a nacer volvería a hacerlo todo exactamente igual y a optar por los oprimidos. Dios mío, te amo.

Luego su vida empezó a desfilar rápidamente como un torbellino ante sus ojos, y se vió niño, muy niño, caminando torpemente hacia los brazos abiertos de su madre que le sonreía. Aún tenía los ojos cerrados cuando escucho al capitán decir: «Preparen..., apunten...». Entonces apretó los puños y entreabrió los párpados para mirar a quienes lo borraban de un plumazo de este mundo.

—¡Alto, carajo! ¡Paren esta ejecución!— vociferó un oficial de más alta graduación que llegó corriendo hasta donde estaban.

Manolo no podía creer lo que estaba viendo. El oficial no era nada menos que su primo, el comandante Santiago Perales, a quien no veía desde hacía por lo menos diez años.

El comandante ordenó que lo desataran y luego le dijo al capitán que había un nuevo gobierno y que éste había dispuesto la suspensión de todos los fusilamientos hasta una nueva orden y también una amnistía política restringida. El capitán se cuadró militarmente, saludó a su superior y luego se retiró de la playa al paso ligero junto con su pelotón.

—¡Carajo, Manolo, qué susto que me pegué! ¡Creí que no iba a llegar a tiempo!— dijo el militar con un nudo en la garganta y casi con lágrimas en los ojos, al tiempo que desataba a su pariente y lo abrazaba con emoción. Luego se estrecharon en un gran abrazo y ambos lloraron dejando que se hiciera pedazos la enorme represa de sus emociones. Santiago le contó que había llegado ese mismo día a la isla con un indulto para él firmado por el ministro del Interior y que un recluso que barría la oficina le dijo que si no se apuraba otro inocente más corría el peligro de ser fusilado.

Amnistiado, abandonó El Frontón ese mismo día, casi al filo del mediodía. Todas sus pertenencias quedaron para los demás compañeros que aún seguían presos, según la ley no escrita de esa isla, menos el abrigo que se lo regaló al Chino. La barcaza se bamboleó otra vez de regreso como cáscara de nuez. Pero hasta que desaparecieron las últimas imágenes del embarcadero, continuó mudo con el puño izquierdo en alto, en respuesta al distante saludo que el Chino le hacía desde tierra.

Sin un centavo en el bolsillo, desembarcó en La Punta. Parecía un loco con la barba crecida y la cara le brillaba como un espejo. De cualquier manera, tomó el tranvía La Punta-Plaza San Martín para llegar a Lima, a la pensión donde solía vivir. Pretendiendo que leía, y avergonzado de su lastimoso aspecto, tomó un periódico que alguien había dejado abandonado en un asiento para taparse la cara.

—¡Su pasaje, señor!— dijo el cobrador del tranvía con una mueca de fastidio.

Pero el amnistiado siguió leyendo imperturbable, como si la cosa no fuera con él.

—¡Su pasaje, por favor!— volvió a insistir el cobrador al no tener respuesta.

Entonces ardió Troya.

—¡Carajo, y desde cuándo uno que sale de El Frontón paga pasaje!— preguntó bramando el ex preso político.

El cobrador dio un salto hacia atrás, asustado. Y los boletos se le cayeron torpemente de las manos. En ese momento, un hombre joven muy bien vestido, sentado al final del tranvía, se puso de pie y dijo:

—Yo pago por el señorů

Manolo volteó y le agradeció al extraño con un rápido movimiento de cabeza. Y continuó con la lectura del periódico.

El tranvía atravesó extensos sembríos de hortalizas entre Lima y Callao, hasta que se detuvo luego de dos horas en medio de un impresionante chirrido de frenos en la Plaza San Martín.

El periodista se apeó rápidamente de un salto y cuando ya llevaba caminado un buen trecho oyó que le gritaban:

—¡Don Manolo, espéreme, por favor!

El hombre joven, que le había pagado el pasaje, era el que gritaba al tiempo que corría detrás de él agitando las manos. Manolo esperó que llegara hasta él y luego le dijo que le agradecía muchísimo por el encomiable gesto de pagarle su pasaje, pero que ahora le disculpara pues estaba muy apurado y tenía muchos asuntos que atender.

El joven se lo quedó mirando sonriente, y con una sonrisa desafiante le pregunto:

—¿Don Manolo, de verdad no se acuerda de mí? ¡Soy Jaime... Jaime Soriano..., hijo del sastre Soriano... en cuya trastienda se reunían todos ustedes a conspirar! Hace dos meses que me recibí de ingeniero civil, y me he permitido pagarle su pasaje pues yo también comulgo, al igual que mi padre, con sus ideas políticas.

Manolo sonrió embargado por la emoción, lo abrazó afectuosamente, y antes de que las lágrimas saltaran a sus ojos le confesó:

—Jaimito Soriano... ¡Pero qué sorpresas que da la vida y qué grande que estás muchacho! Si no me lo dices, no te hubiera reconocido. Te prometo que el próximo hijo que tenga llevará tu nombre para no olvidarme jamás de este noble gesto tuyo y también de este momento. ¡Y ahora sí, acompáñame a mi pensión para tomarnos unos piscos a la salud de tu padre y también de la tuya!

Luego se volteó hacia mí y me dijo: Por eso te llamas Jaime. Tu nombre tiene una historia y no es cualquier historia. Es un homenaje a la caballerosidad que existe entre dos hombres. Y no dijo más.

En sus ojos y en los de sus amigos brillaba una húmeda emoción. Carraspearon todos, y sin previo aviso, se bebieron de un golpe sus tragos no sin antes brindar nuevamente por la amistad.

© Jorge Pereyra, 1999, jpereyra45@email.msn.com
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