Noche de luces

Víctor Hurtado Oviedo

[Ciberayllu]

¡Ánimo, ingenuos: las masas nunca se equivocan!
(Sueño de una noche electoral)


 

Entro en el restaurante y el mesero me recibe con una de esas sonrisas que cierran todas las puertas. Me siento a una mesa donde yacen los restos del naufragio de la última cena. Granos de arroz son botellas arrojadas a un módico océano de gaseosas. Mesa ultramoderna, mesa cibernética, interactiva con las mangas.

El mozo se acerca con la alegría de un adivino que viajase en el Titanic: en el piano de sus dientes, el bemol negro de una ausencia. El mismo trapo pasa sobre la misma roña de la mesa, y me conmueve este reencuentro de dos viejos amigos. En una pizarra, el menú es una cédula electoral con candidatos oficiales; mas, por oblicuidad cismática, elijo una sopa de pollo. El mesero encaja mal la disidencia: es un guardián del monoplatismo.

Avaro con el marfil de su sonrisa, el hombre retrocede y zozobra en la noche tiznada de la cocina, que se ahonda entre paredes negras e inciertas, como en un cuadro de Rembrandt, mas sin pintura. Un foco infeccioso alumbra la cocina, y de esta sale huyendo la voz de una radio. Mala señal, pero ya es tarde. Los aromas no son para contarlos, y no es por el número.

Pasa el tiempo; pasa otra vez. En la mesa de al lado, un hombre ancho desenrolla un monólogo incesante que atraviesa a una mujer y vuelve a aquel. Ese hombre ya divaga; pero, cuando la divagación es el tema, es imposible salirse del tema, y el gordo sigue transmitiendo. Si secuestraran a ese hombre, lo torturarían para que no hablase.

El tiempo que ha pasado, regresa y trae al mesero con un plato como una chimenea sin barco. La sopa es de pollo, en verdad, mas también una conjunción de opuestos: el caldo cree en la transparencia informativa, pero el pollo es de la línea dura. ¿El sabor?: el de un pollo místico que, alentado por su karma, ayer fue atún, y, el lunes, res: avatares hindúes de la carne. La cena es rala y difícil, mas allí está, para encantarnos, la omnipotencia milagrosa de un televisor gigante, megalítico, que arrasa al silencio en el libre mercado del ruido.

Se planta un telenoticiero: ¡ah, la vanidad de las noticias: todas quieren salir por televisión! Los asaltos suceden a los robos, y llegamos, por fin, hasta la nota exterior. Denunciadísimo por acoso, Bill Clinton se defiende, pero ahora lo acosa el fiscal. Todos se acosan allá. ‘Acosar’, ‘acostar’; ‘Clinton’, ‘Clíntoris’: paronomasias libertinas. ¿Será Bill inocente o culpable? Ojalá que sea alguna de esas cosas; mejor, las dos, porque la opinión pública está dividida. El inocente es ejemplar, pero el culpable hace vender ejemplares: he allí una diferencia. Además, la castidad mata argumentos, y la culpa brinda la apoteosis del llanto y la redención, tan cinematográficos. Hollywood (ya vendrá El acoso: La película), de algo ha de comernos. ¡Culpable, entonces! Le cuentan seis amantes: ¡lo que es manejar una superpotencia! Quien piensa que su dormitorio es un harén, puede creer que su país es el mundo. Con ironía prestada, Sadam Huséin receta a Bill ponerse cinturón de castidad; podría servir: el cinturón de castidad es el embargo comercial hecho sexo. ¿Y doña Hilaria (tal la moteja el perínclito Jaime Campmany), nuestra feminista invitada? Hilariante situación si la sabía, y, si la aceptaba, neoliberal. Algunos hablan de «la lujuria del poder», pero no saben cuánto aciertan. En fin, quizá no pase nada, y la Casa siga Blanca. Después de Kennedy, el diluvio.

Corte comercial-electoral. De pronto, desde la inexistencia que lo hospeda, surge un candidato de inmutable minoría, conmovedor salmón de urna que nada contra la corriente y lo corriente. Es un pez sin agua, pero sigue y va a la derrota como a un triunfo. ¡He allí un héroe! Exige apoyo para romper la nada en dos platos del sistema. Oigo el desierto que clama en esa voz, y la emoción me embarga hasta los muebles.

¿Cómo no simpatizar con aquel ilusionista de sí mismo, quien se entrega a la fe que otros perdimos? El candidato pobre encarna las virtudes teologales: empieza por fe, lo guía la esperanza y acaba en la caridad (las deudas...). Aunque está por verse, hermanos, la fe mueve montañas; sin embargo, no gana elecciones: el dinero lo hace. El dinero hace casi todo, y lo que no hace, lo compra. Yo no sé qué es la libertad, pero se parece a un millón de dólares.

En una frase que he olvidado de un libro que no encuentro, Simón Bolívar dijo que las leyes suponen que todos son iguales porque todos son distintos: esta es la custodia de la democracia. ¿Y los Cenicientos sin zapato que no pueden ganar elecciones porque la ley deja que los arrollen los trenes pavorosos de las campañas desmedidas? Consuelo: el dinero no hace la felicidad (de quien no lo tiene), pero tampoco nos hace mejores. Con ciertas excepciones, los millonarios y los políticos son la encarnación de los privilegios sin merecimientos.

Fuera del televisor, tontea la realidad. El trapo limpiador se disculpa con aquello de que la política también es muy sucia. El mesero traza bostezos en círculos viciosos, y su cabeza oportunista pendula de derecha a izquierda. Ese durmiente ya ha perdido la noción del espacio, del tiempo, de la historia, del cosmos infinito. Duerme a deshora, quizá porque en este barrio roban hasta el reloj biológico. ¡Despierta, elector!; mas ya es tarde: el ciudadano duerme en su voto consciente. Las elecciones son el sueño de todo demócrata, y, a veces, la votación es el instante mágico en el que se recupera el olvido. Después, este yacente elector llorará fieras lágrimas de tango con la monomanía de que lo estafaron como al futuro yerno de Michael Jackson cuando este aporte a la boda sus dotes de cantante. El humano es el único ser que tropieza dos veces con la misma cédula, y vuelve a empezar otra vez otra vez. El pasado nos enseña, pero no lo escuchamos. El pasado es tan viejo, que habla solo.

En el fondo oscuro del salón, un gato dorado se ondula como un Macbeth desafiante sobre un castillo de cajas: tigre portátil en una fronda de botellas cerveceras. El gordo adjunto ha encontrado, sin buscarlo, el hilo de su pensamiento, y la sorpresa le asesina el monólogo. Yo sigo apegado a la T. V. porque mi indigestión se siente sola —como una promesa sin político—, mas ya pasará: todo pasa. Felizmente, las masas nunca se equivocan, excepto en religión, arte y política. ¡Optimismo, entonces: a juzgar por los gallos de «Luis Miguel», se acerca una espléndida mañana!

© Víctor Hurtado Oviedo, 1998

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