Aventura y rigor en la ficción novelesca

Discurso de incorporación a la Academia Peruana de la Lengua
15 de marzo del 2001

[Ciberayllu]

Edgardo Rivera Martínez

 

 

1) Introducción

Debo expresar, en primer término, mi agradecimiento a la Academia Peruana de la Lengua por incorporarme como uno de sus miembros, distinción cuyo gran significado y trascendencia no necesitan ser enfatizados. Mi gratitud, asimismo, a quienes tuvieron la generosidad de proponerme formalmente, los Dres. Jorge Puccinelli y Washington Delgado, y a quien tuvo la misma idea, en oportunidad anterior, el Dr. Estuardo Núñez. Y mi reconocimiento a todos cuantos me acompañan en esta noche.

Mi trayectoria intelectual se ha desenvuelto en dos campos: el de la narración, de un lado, y el de los estudios y la docencia universitaria de literatura, del otro. En este breve discurso que, por mandato no sé bien si de la costumbre o de los estatutos, debo leer ante ustedes, habla antes que nada el narrador, pero sin dejar de recurrir a la ayuda del estudioso. Y el tema del cual me he de ocupar, presente en el título, es el de esas contrapuestas pero interdependientes facetas de la creación literaria, particularmente la novelesca, que son la interrogación y la aventura, al servicio siempre de la vida, por una parte, y la necesidad de rigor y control, por otra. Un tema que, por necesidad, me lleva a tocar algunos momentos de mi trayectoria literaria, dando con ello a mi exposición un carácter parcialmente testimonial, y a compartir con ustedes algunas reflexiones.

2) Mi iniciación en la literatura

He nacido en Jauja, pequeña ciudad en los Andes Centrales del Perú, cuya singularidad y entretejimiento cultural he señalado muchas veces. Mis antepasados maternos pertenecieron todos a esa clase media provinciana de cierta ilustración cuya gravitación en la historia nacional deberá ser estudiada algún día con atención. Gracias a aquellos la familia se interesó por la música y la literatura cultas, sin mengua de su profundo amor por las expresiones andinas.

Entre mis primeras lecturas estuvieron los Viajes de Simbad, que me regaló mi madre, cuando cursaba el tercer año de primaria, y que me dejaron literalmente pasmado. Me obsequiaron luego Las mil y una noches, completas, algunas novelas de Salgari, cuya acción transcurre en exóticos mares, y varios títulos de Julio Verne, todos ellos de aventuras en tierras lejanas, si no en el espacio o en el centro de la tierra. Me convertí de ese modo en lector asiduo, cosa aún más explicable porque en aquellos tiempos no había televisión y las radionovelas eran cosa de señoras mayores.

Me hallaba ya en el primer año de secundaria cuando mi hermano me obsequió un ejemplar de la Ilíada, acompañando el presente con una somera información introductoria. Ese mundo me inspiró un amor a primera vista, a pesar de las enumeraciones. ¡Era tan luminoso! Y me sentí tan entusiasmado que por momentos me parecía estar frente a los corceles del poema, en la llanura del Escamandro. Pronto me conseguí, como es de imaginar, una edición de la Odisea, con las estupendas peripecias de que da cuenta, y con los maravillosos episodios con Calipso, Circe, las sirenas, o el descenso al Hades. Después el azar puso en mis manos, entre otros títulos, una edición resumida de los viajes de Marco Polo, y otra, completa, de los de un explorador sueco, Sven Hedin, por las mesetas del Asia Central. Y comencé a leer, no de modo ordenado, por los problemas de lengua, el Quijote, obra que como sabemos muy bien, es entre otras cosas una novela de aventuras, y a la cual retorno, por cien motivos, una y otra vez.

No es de sorprender, pues, que con tal iniciación, se produjera en mí una temprana identificación entre narrativa y viaje de aventuras, y la intuición asimismo, de que contar constituye ya por sí sola una excitante empresa.

3) Los estudios de literatura

Al término de la secundaria decidí estudiar literatura en la Facultad de Letras de San Marcos, con la idea de escribir y ser a la vez un estudioso de aquella. Tuve el privilegio de tener como profesores, en diferentes momentos, a Luis Jaime Cisneros, Jorge Puccinelli, Estuardo Núñez, Luis Alberto Sánchez, André Coyné. Fueron años de sucesivos descubrimientos. Fue así cómo leí y releí a Marcel Proust, acompañando al narrador en su detenido y admirable viaje al pasado. Lo mismo hice con novelas de Thomas Mann, de Hesse, de Huxley. Me entusiasmé con Los alimentos terrestres de André Gide. Me esforcé, cada vez con mayor éxito, en leer o releer en su idioma a autores franceses como Jean Giono y Sartre. Y, cosa más importante, releí a fondo a César Vallejo, a Eguren, a nuestros indigenistas.

Tuve también un reencuentro particularmente feliz con los clásicos griegos, gracias a la generosidad y la sabiduría de Fernando Tola, gran helenista en esos tiempos, y después y hasta hoy orientalista de prestigio mundial, radicado en Buenos Aires. Con él estudié griego, y leí con su ayuda varios actos de tragedias de Sófocles y Esquilo, y poemas de Píndaro, Safo, y fragmentos de los presocráticos. ¡Cuán inmenso fue el placer de releer, esta vez en la versión original, algunos pasajes de la Ilíada y la Odisea! Me parecía revivir mis años juveniles. Por un buen tiempo pensé en dedicarme a la filología clásica, proyecto que dejé porque me sentía llamado a la creación literaria, pero siempre recordaré como feliz experiencia ese deslumbrado tránsito por los estudios clásicos, a los que tanto debo.

4) La literatura de viaje

No ha de sorprender por lo expuesto, que en el plano de la investigación me interesara, a finales de mis estudios en la Facultad de Letras, en esa literatura que tanto tiene de autobiografía, de ensayo, de historiografía de periodismo, de geografía, y a veces también, y mucho, de novela de aventuras, y que es la literatura de viaje, en este caso la relacionada con el Perú. Y cuando más tarde, ya egresado, viajé a París con una beca del gobierno de Francia en 1957, una parte principal de mis esfuerzos estuvo dedicada al estudio de esa producción bibliográfica en la Bibliothèque Nationale. Era una forma de viajar no sólo en el espacio, como en mis viajes reales por Europa, sino también en los siglos que van desde el descubrimiento de América hasta el XIX, y de compartir el asombro y a veces el deslumbramiento de aquellos hombres, para muchos de los cuales la vida era antes que nada conocer otros horizontes. Todo lo cual tuvo como resultado mi tesis para el Doctorado de Literatura, que se publicó en 1963, con el título de «El Perú en la literatura de viaje europea de los siglos XVI, XVII y XVIII», tesis centrada en el testimonio que dejaron de nuestras costas, y en ciertos casos de nuestras ciudades, esos aventureros por antonomasia que fueron corsarios y piratas.

Mencionaré también, en la línea de este excurso, que en los primeros años 70 continué con un trabajo anteriormente esbozado sobre la obra testimonial de otro gran viajero francés, en quien se juntaron lo metódico del estudioso con una sensibilidad aún impregnada de romanticismo, como fue Léonce Angrand, quien estuvo en nuestro país entre 1833 y 1839, y por unos meses en 1847, cuya vasta obra es por cierto predominantemente gráfica, pero que también incluye una deliciosa aun cuando inconclusa «Carta sobre los jardines de Lima».

Ya en otro plano, en 1979 publiqué en la Revista de crítica literaria latinoamericana, que fundó y dirigió nuestro recordado amigo Antonio Cornejo Polar, un estudio sobre «La literatura geográfica del siglo XVI en Francia como antecedente de lo real maravilloso». Decíamos allí, a la luz de los textos examinados, que de alguna manera lo real maravilloso es un nuevo avatar de ese viejo exotismo americano, con su conjunción de relato de viajes, crónica y novela. Y señalamos: «Y si en el siglo XVI América dio respuesta a una sed profunda de riquezas, longevidad y extrañeza, ahora la narrativa a la que nos referimos ofrece al mundo occidental la posibilidad de una nueva vía de comunicación con la naturaleza, de una nueva articulación —reversible y elástica— del tiempo y del espacio». Ese mismo interés en una producción que se sitúa en las fronteras de la crónica, de la épica y de la novela, me llevó a trabajar en ese pequeño y admirable libro que son los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, libro del cual cabe decir, que siendo verídico es también, de algún modo, y se lee como novela. Y aun ahora no he abandonado los trabajos relacionados con la literatura de viaje, y gracias a IFEA traduzco así uno de los más ricos y espléndidos libros de viaje por el Perú del siglo XIX, como es el de Paul Marcoy, cuya edición verá la luz este año.

5) Mi primera producción literaria: cuentos y nouvelles.

Me inicié en la narración con el cuento. Los primeros cuatro los escribí en los años 50, y se publicaron en 1964, en una modesta edición de autor. Curiosamente, y tratándose de un lector apasionado de relatos como los que he mencionado, prima en ellos un lirismo con énfasis en la atmósfera y lo maravilloso, en el marco de unos Andes evocados en sus notas esenciales. No eran cuentos de aventuras, pero su escritura me confirmó que inventar un acontecer, personajes, espacios, y dar con el tono y estructura adecuados, constituían, por melancólicos que fueran los temas, una deleitosa experiencia.

Sucedió algo semejante con mi primera nouvelle, «El visitante» (1977), en la que casi no hay acción, pero sí un encuentro de desoladas consecuencias, por la no explicada densidad existencial del personaje principal, que va por el mundo en un exilio sin término. En «Ciudad de fuego», otra nouvelle, editada originalmente en 1979, el protagonista emprende el extraño proyecto o aventura de diseñar una ciudad para él solo, siendo ésta, por definición, un espacio social. En cuentos algo posteriores nos volvemos a topar con personajes errantes, o con otros que se han embarcado en extrañas empresas, como el pirotécnico que construye para su solitario disfrute un castillo de fuegos artificiales al borde del desierto.

6) País de Jauja y Libro del amor y de las profecías.

1990 marcó un vuelco, del cual he hablado en otras ocasiones, pues me inicié en los misterios de la computadora y de los procesadores de textos. Al año siguiente comencé a trabajar en un tema de novela que me había estado rondando y reclamaba tomar forma. Los tiempos, no obstante, eran muy difíciles, por los atentados y los apagones, pero otra vez experimenté, de modo más duradero e intenso, ese sentimiento de búsqueda y de aventura, acrecentado por el tema mismo de la novela, cual es el descubrimiento que realiza un adolescente de su vocación, del amor, y de un entretejimiento cultural feliz. Cuán gratas fueron las horas en que dejaba fluir esa corriente, y gratas asimismo, pero de otra manera, las que dedicaba a revisar y corregir lo avanzado. Escribir mi segunda novela, Libro del amor y de las profecías, entre 1996 y 1999, constituyó para mí una experiencia igualmente gratísima, a menudo jubilosa, pues consistía en la creación de un mundo en el cual las correlaciones, el ritmo y las resonancias, a manera de una polifonía, convergían en la celebración de los poderes de la ficción narrativa.

7) ¿Qué es la novela?

Me pregunto ahora, una vez más, como han hecho tantos autores, qué es la novela, no por cierto con ánimo de dar una respuesta original, sino de poner énfasis en alguno de sus aspectos; pero antes diré algo de sus funciones, las mismas que varían, como es lógico, de acuerdo con las épocas, los países, los autores, las tendencias, etc. Algunas las comparte con otras formas de narrativa literaria, como el cuento y la nouvelle, y otras le son privativas.

Con respecto a las funciones personales, recordemos que Freud plantea la tesis de que los procesos del sueño son también, en mucho, los de la creación literaria, y en su estudio sobre Gradiva, novela del danés Jensen, afirma que los poetas, y yo me permito añadir también los narradores, «beben en fuentes que todavía no hemos hecho accesibles a la ciencia». Y en otra parte asevera, refiriéndose implícitamente a la función de la novela, que ésta nos permite trascender nuestros límites individuales y vivir otras vidas. Es decir, enriquecer nuestra existencia.

La psicoanalista Joan Rivière, de la escuela de Melanie Klein, sostiene que son frecuentes las fantasías de que dentro de nosotros habitan figuras o personas que nos desconciertan y atemorizan, pero que en más de un sentido «representan lo que más amamos, admiramos y anhelamos poseer». Figuras con las que poetas y narradores entrarían en contacto, y que en el caso de los segundos, vendrían a constituir el núcleo de algunos de sus personajes más importantes, y gracias a las cuales se produciría una función catártica.

El psicoanalista Fairbairn estima por su parte que la actividad artística alivia la presión de los impulsos destructivos hasta el punto de que puede considerarse que el principio rector —o diríamos nosotros, función rectora— en el ámbito de la creación, incluida la novelesca, es el de la reparación.

Charles Mauron, fundador de la psicocrítica literaria, parte a su vez de la premisa de que en todas las obras de un mismo autor hay redes constantes de asociaciones que subyacen a las estructuras voluntarias del texto, y que son ajenas a las relaciones lógicas y sintácticas, así como a las figuras de estilo, y producto de un pensar primitivo, inconsciente, en el cual tales redes se repiten haciéndose por ello mismo obsesivas, y que forman un mito personal, expresión de la personalidad inconsciente de ese autor, y, como es lógico, de honda gravitación en la creación de sus obras.

Si de los psicoanalistas pasamos ahora a los novelistas, Marcel Proust considera, teniendo en cuenta lo que fue para él escribir En busca del tiempo perdido, que la novela tiene como función conducirnos a «la verdadera vida, la vida al fin descubierta y puesta en claro, la única vida por lo tanto vivida». Por su parte, el autor y crítico inglés E. Forster estima que esa función es, tanto para autores como para lectores, hacernos inteligible la existencia. El francés Michel Butor apunta en la misma dirección, pues sostiene que con ella el escritor trata de dar un sentido a su existencia. Para Vargas Llosa la novela debe, en última instancia, responder a las preguntas fundamentales que se formulan la antropología, la teogonía y la cosmogonía, y tiene, por ello, mucho del mito. El novelista es en su opinión un rebelde ciego, que aspira a suplantar a Dios y a rehacer la realidad, a la vez que dar testimonio de su desacuerdo fundamental con el mundo.

Entre los estudiosos Simon Lesser ha dicho a su vez que la función de la novela es compensar en nosotros ciertas lagunas de la experiencia. Otros, como Bourneuf y Oeullet, consideran que si bien la novela se lee en soledad, nos permite salir de ella, satisfaciendo así nuestra necesidad de evasión y comunicación. Por su parte Julieta Campos, en un lúcido libro que se titula precisamente Funciones de la novela, dice que el género, «alianza inextricable entre memoria e imaginación», responde a la necesidad de integrar lo que en la vida ha quedado disperso. Por todo lo cual, «la novela terminada es la ciudad radiante que el novelista podrá habitar por fin».

Igualmente importantes son, desde luego, las funciones sociales y culturales que el género cumple. Una primera, desde los tiempos de la novela helenística, es la de ofrecer a ciertos sectores una forma de evasión imaginativa, sobre todo en tiempos de crisis y de retracción a la vida privada, como fueron los de la Baja Antigüedad. Una función que en nuestros tiempos cumplen también, como es sabido, aunque con otro lenguaje, las telenovelas. En cualquier caso es válida la afirmación de Sartre según la cual el novelista es siempre, en mayor o menor grado, cómplice de su público, pues le ofrece lo que éste espera, aun sin ser consciente de ello.

Otra función importante, y de un cierto carácter pedagógico, es la de brindar a la imaginación colectiva un mundo en que hay un orden, un sentido, una identidad, quizás incluso una dirección, aunque ello se consiga precisamente a través de la deliberada apariencia del sin sentido. Acaso en ello la novela va más allá de la historiografía, enfrentada con un devenir que a pesar de muchas concepciones ideológicas y teorías se resiste a confirmar si posee o no un sentido definitivo.

Pues bien, si tales son sus funciones, ¿qué es entonces la novela? Sí, un género literario, una institución. Para W. Kayser es la narración de un mundo privado en un tono privado. Para Northrop Frye se trata de una «alianza de tiempo y hombre occidental». Aldous Huxley piensa que constituye una «reconciliación de lo absoluto y lo relativo, [...] una expresión de lo general en lo particular». Julieta Campos ve en el género de un relato paralelo al relato de la vida. Butor considera que se trata de «una forma particular del relato, de cierta extensión y en prosa». Todorov habla de un «texto referencial, con temporalidad representada». Un género de aptitud proteica, «imperialista», piensa Vargas Llosa. No en vano Virginia Woolf decía, antes que él: «La sustancia propia de la novela no existe. Todo es sustancia propia de la novela». Definiciones éstas, y otras muchas que podríamos citar, que como señalamos no se excluyen sino que se complementan, por el carácter abierto del género. Sería por ello, y por lo variadas y que son, y por la naturaleza abierta del género, que Camilo José Cela dijo alguna vez que «novela es el libro que así lo haga constar al comienzo».

8) La novela como viaje y aventura

Por mi parte, y sobre la base de mi modesta experiencia, creo fundamental en la novela la función de entretener, es decir de capturar al lector, aquello que Ortega y Gasset llamaba suspensión momentánea de su enlace con sus circunstancias. Lo cual implica, a mi juicio, que no se puede romper totalmente con lo novelesco, esto es lo novedoso, lo original, lo sorprendente, a riesgo de desconectarse con la vida. Y a nuestro modo de ver, tampoco con la poesía. Precisamente en la escritura de las dos novelas que he publicado, País de Jauja y Libro del amor y de las profecías, se ratificó mi personal convencimiento, anunciado ya por mis tempranas experiencias de lector de ficción, de que la novela es siempre un viaje y una aventura. Y viajar, como dice Guillermo Díaz Plaja, en un bello ensayo, «es tomar conciencia del mundo, intentar apresar, bajo los cromatismos más superficiales, las raíces comunes en que se asienta la humanidad».

Así, pues, si tomamos en cuenta lo expuesto, la creación narrativa, especialmente la novelesca, al ser resultado, entre otras cosas, de un trabajo de exploración, de desciframiento, de interpretación y reconstrucción, que hace el escritor tanto de su mundo interno como del mundo exterior, de alguna manera pone en juego una red de sueños comunicantes, como aquel de que habla García Márquez en Cien años de soledad. Sí, de sueños, mas también de constataciones, de convicciones, de esperanzas.

En concordancia con todo lo expuesto, mi opción personal es lo que algunos llaman, dando a la frase un sentido muy amplio, «novela ilusionista», y no la de la novela puramente textual, en la que según ciertos autores, cuya opinión desde luego respeto, puede llegarse a prescindir del acontecer, de los personajes, incluso de la arquitectura, en un proceso en que se parte de nada y no se escribe sino que se construye. Y es que pensamos, de acuerdo con Spengler, que la novela responde a la necesidad que siente el hombre de una forma literaria capaz de tratar con la totalidad de la vida. O, si nos atenemos a un pensamiento de Hermann Broch, la misión de la novela es expresar no una sino todas las visiones del mundo. Todo lo cual se hace sin duda mucho más difícil, si no imposible, con las formas extremas y dogmáticas del experimentalismo.

Pero si bien la novela es el territorio del viaje y la aventura, esto es de la libertad, incluso de la magia (Borges), es o debe ser también, en el quehacer de quien la escribe, el ámbito del rigor. Esto es rigor en el diseño, en la polifonía, en el manejo adecuado y funcional de los recursos, en el lenguaje. En palabras de Borges, hay que llegar a «un juego preciso de vigilancias, ecos y afinidades», a «un orbe autónomo de corroboraciones, de presagios», y ello, como ya dijimos, aun cuando se quiera dar una impresión de desorden, de laberinto o de caos. No en vano el Ulises de Joyce, con su corriente de la conciencia y esa apariencia de acumulación y desorden, es una de las obras novelescas más cuidadosamente diseñadas y escritas. Más fecunda y excitante es para el autor, en tal sentido, la aventura de la escritura que la más desatada del acontecer y de los personajes.

Pero la novela constituye, también, como muchos reconocen, un espléndido instrumento de conocimiento. Y eso es algo que en que convergen no sólo críticos y científicos sociales, sino también un físico como John Ziman, en su libro La credibilidad de la ciencia. En él, en un pasaje que cito con frecuencia, y con el cual quiero terminar mi exposición, nos dice: «El novelista, con su oído sensible y su ojo discriminador, articula los elementos universales de nuestras vidas emocionales y nos enseña más sobre la humanidad que cualquier teoría formal.»

Muchas gracias.


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